Nemesio Martín Román – Peludiando

[1] En la década del sesenta, cada año nuevo, mi familia (mis hermanos y yo éramos chicos) acostumbraba ir a una chacrita cercana a Fortín Olavarría, en la provincia de Buenos Aires. Precisamente el día primero de enero cumplía años Julián, hijo menor de Don Mateo Jaime, el chacarero (ahijado de Don Domingo).
Entre otros invitados figuraban Don Domingo Tacunau, el “Cacique” (padre de los conocidos cantores y guitarreros “Los Indios Tacunau”) y un hermano suyo cuyo nombre nunca supe; yo le decía simplemente Don Tacunau y al “Cacique”, Don Domingo o Cacique, así los diferenciaba.
También, durante el invierno, solíamos ir (los chicos, únicamente) a pasar unos días y Don Jaime, en noches bien frías y estrelladas (bajo heladas “doble ancho”), con la luna reinando a pleno, nos llevaba a “peludiar”. Salíamos en sulky por aquellos andurriales, recorriendo un verdadero laberinto de callecitas perdidas (allí, justo allí, “donde el diablo perdió el poncho”; o sea, en el confín del mundo), acompañados por dos o tres perros, baqueanos para los peludos como no he vuelto a ver. Descubrían un armadillo y en un suspiro lo capturaban; nosotros, entonces, “sólo entonces”, bajábamos del carruaje. El perro lo tenía aprisionado en la boca, para quitárselo debíamos comprimir levemente el pescuezo del “cazador” entre nuestras rodillas, recién entonces lo soltaba.
A veces nos distraíamos conversando y se escuchaba un fuerte “crac-crac”, era el ruido característico que producía la cáscara, atenazada entre los colmillos perrunos.
Un primero de enero, Don Mateo (hombre bajito y redondo; pesaría más de ciento cincuenta kilos) comentó que nos había enseñado a peludiar e invitó a los hermanos Tacunau a relatar cómo aprendieron ellos a realizar tal actividad desde el sulky.
-Resulta que de chicos, tendríamos once o doce años a lo sumo, nos conchabamos como boyeros en una estancia –dijo el “sin nombre” (en adelante, Don Tacunau)-. Si habremos “pasao” penurias… ¡Ah, tiempos aquéllos!
-Sí. ¡Qué épocas!, se “burriaba” de lo lindo, todo era a fuerza de sacrificio. ¡La pucha! –Don Domingo pareció escarbar en la memoria. En tanto, aprovechó la pausa para echar un trago de la damajuana de diez, y luego contemplarla con pena… Estaba tecleando. Le señalé otra, llena, por supuesto, puesta a refrescar en la pileta de la bomba; enterado del “refuerzo vitivinícola”, sonrió complacido-. ¿Te acordás del “mago”, Mateo?
-Y no… por su causa casi nos morimos del “julepe”. –Dijo riendo el viejo chacarero, mientras daba también un tierno “beso” al tinto.
-Resulta que en la estancia había un peón, hombre solo, de unos treinta años más o menos; los compañeros le hacían continuas bromas sobre su pretendida condición de mago. Parece ser que estudiaba por correspondencia o algo por el estilo –el Cacique miró con picardía a su hermano y agregó-, ¿vos eras el más corajudo de los tres, o no?
-Sí, hasta esa noche…
-Yo le desconfiaba, me asustaba la cara de loco que ponía, por eso nunca lo cargué como ustedes.  
-Mirá Mateo, lo mismo caíste en la “voltiada”; flor de “cagazo” te pegaste –Don Tacunau, damajuana en alto, casi se ahoga por la risa-. Bueno, che, contale a los chicos la historia, no prolongués la intriga…
-Bien, nosotros dos –señaló a su hermano- nos reíamos del mensual, lo teníamos loco con las bromas; aguantó todo con estoicismo, como un verdadero santo. ¡Claro!, hasta que…
-Nos convidó a “peludiar” y aceptamos entusiasmados. Partimos en el sulky, llevando dos perros cuzcos, según él, muy hábiles en esos menesteres. La luna brillaba al máximo, el frío también; aunque para contrarrestarlo teníamos una botella de ginebra. Recuerdo que a lo lejos una lechuza cortaba con sus chistidos el aire escarchado de la madrugada; el resto del mundo estaba lejos y dormía… no existía.
-Recorrimos como mil metros, hasta el sitio señalado como la “nidada” de los peludos. La cosa pintaba lindaza… -manifestó el tío de los músicos-. “Cazaremos más de veinte en un ratito”, acotó “el maestro” con aire de suficiencia.
-Todo era normal… -El viejo Cacique trenquelauquenche[2] tomó la palabra, Don Jaime se atusó el bigote y miró con disimulo para el lado de la bomba-. De pronto, un peludo enorme apareció de la nada. Estaba ahí, al lado del alambrado, casi en la calle. Los perros salieron de estampida tras él y el “quirco” se internó en el lote (un rastrojo de maíz), buscaba la seguridad de su cueva. Se oyó el clásico chasquido de la cáscara y nosotros salimos como una exhalación; en un santiamén saltamos el alambrado y llegamos junto a los perros.
-Fui el más perjudicado –agregó el dueño de casa-, tomé el quirquincho con una mano y apreté con energía la cabeza de Catriel (el cuzquito negro), hasta que por fin, lo soltó. Levanté presuroso el peludo, lancé un alarido de espanto y lo solté aterrorizado. Entre mis dedos apretaba la “mano” recién cercenada de un ser humano; hasta vi gotear la sangre. La sentí caliente, latiendo todavía. Los tres tuvimos idéntica visión, los tres nos espantamos y los tres alaridos se fundieron, fueron uno solo. Cuando la “mano” llegó al suelo, el enorme peludo realizó una serie de “viboreos” gambeteándoles a los perros, y se metió en una cueva. La carcajada de nuestro acompañante reventó en la serena noche de agosto.
-Llegamos corriendo al sulky, sin aliento y sin habla; el tipo nos miraba, sobrador. Don Tacunau hablaba y tragaba al mismo tiempo, pero no agua precisamente.
-Me preguntó: “¿por qué lo soltaste, o no era un peludo?” –Don Jaime, parecía asustado todavía-. Quise justificar mi accionar y él insistió: “desde acá lo vi, parecía bueno…” Sí –recuerdo haber dicho- un peludo, grande y gordo, especial. ¡Único! El mago me encaró furioso: “¿qué pasó?, lo dejaste escapar”. Estaba lleno de rosetas –solté, con voz temblorosa-, me clavé unas cuantas y abrí la mano…
-Así aprendimos a peludiar –la voz de Don Tacunau se había tornado áspera, casi ilegible… Miré hacia la pileta, la segunda de diez litros ya no estaba.
-Jamás mencionamos el asunto -el Cacique observó a los otros como pidiendo su aprobación y ellos asintieron con la cabeza-, y mucho menos volvimos a hablar de magia, luces malas o aparecidos… ¡Nunca!
-Miren, yo no creo en brujas, magos o fantasmas, pero que los hay, los hay –finalizó sentencioso Don Tacuanau, “el sin nombre”.
En realidad, movió los labios sin emitir sonido alguno. Supongo, que de poder hablar, habría dicho algo semejante.
Vi la segunda damajuana tirada al lado de la otra; la acababan de “desangrar”.


[1]) Historia real. Nota del autor.
[2]) Trenquelauquenche o trenquelauquense: natural de Trenque Lauquen (Bs. As.). En esa ciudad, en lo que fue la antigua vivienda y boliche de Tacunau, funciona actualmente “el Boliche de Quique”: bar, restaurante y museo tradicional. Frente al mismo (en el cantero central de la Avenida), está emplazado un monumento en homenaje a “Los Indios Tacunau”. N. /A.